Mi clase es pequeña. Realmente pequeña. (eso sí, muy luminosa, todo sea dicho). Podria compararla con un cuarto trastero, de hecho, es muy semejante si no fuese por el pequeño detalle de que esta prácticamente entera acristalada. Es pequeña y llena de enredos y trastos (como mesas-sillas pintadas en azul royal) que a pesar de que sepas que no los vas a volver a usar en la vida, te da por no tirarlos y guardarlos en algún rincón... Empiezo a pensar que las monjas de mi colegio tienen síndrome de Diógenes.
Mi clase, en realidad, son dos. Sí, dos. Un espacio separado de otro por un tablón de algón tipo de aglomerado barato que separa las ya nombradas estancias (que actuan como clases). Una para tercero y otra para cuarto. Creen que la falsa pared hace que en una clase no se oiga nada de la otra, pero realmente una cortina taparía mejor el sonido.
En mi clase aparte de enredos, mesas, sillas y una preciosa y lujosa mesa para el profesorado, hay mas csas, sí. Aunque parezca increíble por su pequeño espacio en mi clase habitan unos seres llamados compañeros.
Quien mas quien menos, todos son de mi agrado, se hacen querer, supongo que aunque sea a la fuerza deben de hacerlo. O por simple inercia de estar tanto tiempo juntos. Ya hay grupos destacados, y se sabe quien se lleva mejor con quien. Yo se, que aunque muchos de ellos no lo digan, se aprecian. Se aprecian mucho. En este año ha entrado gente nueva, Cristina (la Chixty) y Rocío, y pienso que aunque a ellas les fuese mas difícil su adaptación, también han acabado aclimatándose. Y ahora puedo decir, que a pesar de que al principio me pareciese imposible, te aprecio un montón, Cristina! (:
A pesar de todo ello, de mi clase, de sus enredos, de sus semajanzas con mi cuarto trastero, y de los enfrentamientos entre nosotros, adoro mi clase.